El abandono de las musas.

El abandono de las musas.

Por Natalia Yurena Rodríguez


23:00.

Hora a la que puedo permitirme escribir.

Hora a la que puedo sentarme, abatida, a escribir, después de haber vivido el día más intenso de mi vida.

Más de 18.000 pasos sin salir de casa.

Me siento, libreta en mano, a conquistar las páginas en blanco de este cuaderno recién estrenado, que compré poco antes de ser madre, con la ilusión y la esperanza de encontrar el espacio para poder llenarlo de mí y quedarme así más ligera.

Un año ha pasado.

Se han escurrido los momentos y no he escrito ni una sola línea.

Cojo el boli antes de tentar la suerte con el ordenador.

Hoy tengo el cansancio en todo lo alto. Parece que supiera que quería sentarme a escribir. Mi ego se anticipa, quiero escribir algo bello, reencontrarme con mi yo del pasado, que escribía cualquier cosa en cualquier momento.

Y después de diez minutos de blanco total y vacío, me pregunto:

¿Dónde están las musas?

Creo que hace mucho que me abandonaron en busca seguramente de seres más interesantes. Ahora mi vida de madre dramaturga interesa poco.

Yo resisto porque quiero conquistar aquel torrente desmedido de creatividad que me invadía antes, incluso cuando me faltaba agilidad en las manos para transcribir todo lo que atravesaba mi mente. No digo que aquello fuera bueno, pero sí que brotaba de un impulso interno extraordinario.

Esta noche de enero, nada.

Entonces inicio el ritual.

Pongo música de piano para estimularme, pero nada.

Leo fragmentos de las últimas obras de compañeros dramaturgos. Nada.

Dibujo formas abstractas en los bordes de las páginas. Nada.

Hago algún ejercicio de aquellos que aprendí en aquel curso de escritura creativa. Nada.

Ideas peregrinas, obsoletas, sin un ápice de pasión.

Inicio también un proceso de escritura automático y cuando me bloqueo escribo números. Dicen que ayuda.

Me canso cuando escribo el número 506. Ya está bien. Tengo demasiadas cosas que hacer, demasiadas cosas que ordenar. Si las musas no quieren venir, allá ellas. Dramáticamente pienso que es una pena que se termine mi carrera literaria siendo tan joven.

Entonces, desesperada y con sueño, recurro a aquello, que aunque no quería, no suele fallarme. Sí, me da vergüenza contarlo, pero recurro a la bachata. Sí, a la música latina, la bachata. Y es que en cuanto la oigo, se activa mi pelvis, se mueven mis pies y empiezan a brotar ideas sin parar. Es el proceso creativo menos filosófico que conozco, pero a mí me da resultado.

A ver, tiene su explicación científica, la energía pélvica hace que la sangre se mueva por todo el cuerpo y así llegue más oxígeno al cerebro, lo que se traduce en un mayor flujo de ideas. Por no hablar de la activación del útero, lugar de vida y de creación. ¡Ay este útero mío, que tanto ha trabajado este último tiempo! Con razón no tiene energía para el teatro.

Empiezo a bailar, mi hija que se ha pasado de rosca en la siesta, está jugando a sacar las latas del armario de la cocina. Cuando me ve moverme como una poseída, se anima. Mueve también su diminuta pelvis al ritmo latino. Quiere que la coja en brazos y que bailemos juntas.

La alzo.

Esto es nuevo. Obviamente con un cuerpo de diez kilos encima, no me muevo como antes, pero aún así le pego fuerte a las caderas con ansia. Mi hija está flipando. Le encanta esta nueva versión de su madre.

Bailamos y bailamos y de pronto.

Voilà!

Primera idea. Necesito escribirla. He visto la cara del personaje femenino que quiero escribir. He oído sus primeras palabras. Quiero dejar a mi hija en el suelo, pero berrea cuando lo hago. Se lo estaba pasando tan bien… Supero la culpabilidad y huyo a refugiarme en un documento en blanco en el ordenador. Mi hija llora desconsoladamente.

Escribo, escribo, rápido, veloz, con berridos de fondo.

Cincuenta ideas cruzándose a toda velocidad.

Los gritos a través de la puerta reclamando un último baile.

Escribo todo lo que ha estado atascado deseando salir en este último año. Un año acumulado saliendo de golpe. Mi primer año de mi vida de madre. Las experiencias más intensas que he vivido transformándose en palabras, en imágenes.

736 palabras de un impulso.

Una descarga emocional completa en 736 palabras.

Hoy empieza mi nueva obra.

Acabo de renacer.

Y he vuelto para quedarme.