El dolor de la arena.

El dolor de la arena.

Por Fran Giménez


MAITE.- Entre los dedos de los pies.

Siempre ocurre así,

entre los dedos de los pies.

Suele ser desagradable al principio.

Pequeños pinchazos rozando tus pulgares, tus índices, tus corazones, tus anulares, tus meñiques…

Te recuerdan lo que pisas.

Tierra…

Arena caliente, ardiendo,

pinchazos continuos que inundan tus dedos,

esos a los que no haces ni caso, que ignoras a pesar de que te sostienen…

y tú lo único que haces es aprisionar esos dedos contra la arena caliente, ardiendo,

asfixiándolos hasta que

no pueden más.

Por eso la arena chilla,

por eso la arena gime,

por eso la arena sufre:

le duele tu peso, el físico;

y el otro…,

el emocional,

ese que no te has quitado desde que eras adolescente

y te sigue asfixiando porque la vida pasa,

los años pasan,

los años pesan,

ese peso sigue presionándote desde la cabeza para que hundas tus pies en esa ardiente y quemada arena…

Como si hundirte en la arena fuera la única solución válida, la que mejor suena en tu cabeza, la que te calma cuando se muestra en tu mente…

Me callo…

Mejor dicho: mi mente calla, o lo intenta, y siento mis pies hundidos…

Les digo que todo irá bien.

Que aguanten, por Dios, que aguanten porque si no, yo… no… yo…

no sabría qué hacer con tanta presión sobre mí.

Parece que me hacen caso…

A cada respiración que doy van relajándose, flotando, está muy bien, me siento en calma, inspiración, la cabeza se libera por un momento de la presión como si de Chernóbil explotada se tratara, espiración… Todo está en paz. Silencio…

Espiro, un recuerdo, mi primo con una pala, yo en la arena, enterrada, inspiro, el mar está cerca de mí, cubierta de arena mojada, espiro, la ola furiosa me devora, intento inspirar, trago agua, escupo, espiro, escupo de nuevo, «no me dejes aquí», aire, me falta aire, inspiro, no puedo, su carcajada despiadada, espiro o me ahogo, risas de los amigos, segunda ola, mi cuerpo no puede con la arena mojada, cemento, ¿inspiro?, escupo, escupo, grito: «¡primo!», las risas se mezclan con el rugir de las olas, más gente se ríe, mi carne de la cara, mis carrillos gordos enrojecen y se arrugan, como si ese momento me envejeciera de golpe, me lleva al desengaño del anciano… Un hombre de bañador rojo viene a por mí, espiro, rompe la arena mojada, tercera ola, nos moja a los dos, él pierde el equilibrio y vuelve, escarba, inspiro, «¿estás bien?», escupo, inspiro, «sí», me incorporo como puedo, escupo mi niñez por la boca, la nariz, las orejas, espiro, «¡sinvergüenzas!» grita el hombre de bañador rojo a las risas de la orilla, me pregunta dónde vivo, espiro, se lo digo… Me lleva a casa, el rojo por primera vez no me da miedo, espiro finalmente…

Y mi niñez, mientras tanto, tirada en la arena mojada.

Nunca más jugué en la orilla.