Imagen

Imagen

Por José Antonio Navas


Ya es tarde. Lo dejo. Las musas están en otro lugar, lejos de mi cuarto, de la mesa que sostiene: bolígrafo, cuaderno y propósito. Estoy espeso, cansado. Me vienen ideas inconexas, e hilvanarlas se me hace una montaña en estos momentos. Mañana tal vez regresen, las musas, ¿o no? ¿Quién sabe?

Otra vez la imagen. Me viene y se queda, por unos instantes, luego se va. Está reclamando atención, que escriba acerca de ella, que diga algo. Pero no sé qué decir, qué hacer. Apenas presté atención a la noticia. Acababa de levantarme a preparar un café. En las noticias estaban hablando de un nuevo episodio de violencia en no sé qué país. Nada nuevo. ¿Ataque? ¿Bombas? ¿Atentado? ¿Palestina? ¿Ucrania? ¿Sudán? ¿Yemen? ¿Afganistán? No lo sé, no lo recuerdo. Demasiado acostumbrado a estas palabras, a estas guerras, a esta barbarie, a esta sinrazón. Mi atención no se fijó en los detalles, en el dolor, en el miedo, en el sufrimiento. Demasiado acostumbrado. Sin embargo, esa imagen va y viene de forma hipnótica. Sin ideas, sin texto, sin contexto, solo la imagen. Hay algo perturbador en ella. Miedo, dolor, rabia, impotencia. De ella sale, a borbotones, sin permiso, una voz, un quejido, un grito, mil gritos que reclaman atención, justicia, cordura.

¿Sobre qué quiero escribir? No lo sé. ¿Sobre qué quería escribir la semana pasada, ayer, esta mañana? No lo recuerdo. Una nebulosa gris, opaca, se cierne sobre mis ideas, mi pensamiento, mi intención. La imagen lo llena todo. Todo se diluye en los vapores de dolor que emanan de esa impresión que se ha quedado grabada en mi retina: las palabras, las razones, las intenciones. Todo se va al fondo. La imagen lo reclama todo, se hace foco. Da igual lo que yo quiera, lo que prefiera, lo que elija. Ella es el centro, tiene el poder, la atención. Por derecho propio. Por justicia. Por compromiso. Por ética. Y comienza, comienza a dictar, comienzan a surgir las palabras, a borbotones, con rabia, con grito.

¿Por qué escribo? No lo sé. No me faltan justificaciones a esa pregunta. Tengo un repertorio lleno de ellas. Siempre encuentro alguna cuando hace falta.

¿Para qué lo hago? Para que salga, para liberarla, para liberarme, para poder dormir. No. Dormir ya no voy a poder. Tengo que escribir, tengo que ponerle palabras a eso que me está mordiendo por dentro, tengo que sacarlo. No puedo no hacerlo. Es un viaje sin retorno, una vez que empieza hay que llegar hasta el final. Ese final que es el comienzo de algo, ¿o no? No lo sé, solo escribo.