Oscuro final

Oscuro final

Por Juanma Soriano


Subrayo estas dos palabras y las pongo en negrita.

Las miro.

Creo que mejor las voy a centrar.

¿Pongo un punto al final o su peso ya es un final contundente?

Las vuelvo a mirar.

Creo que voy a justificarlas justo debajo del final de la última frase. Me gustan estos juegos:

“Cuando acaba la canción se hace el

oscuro final.”

Eso es.

Me gusta cómo queda, pero…

Sigo dándole vueltas al formato durante unos minutos más… tal vez sean horas. Y no descarto despertarme en mitad de la noche y encender el ordenador para cambiarlo, porque no, porque eso, porque no funciona, porque puedo darle un formato mejor a este oscuro final.

Lo dramático es que el texto está más que terminado. Hace semanas que mis personas de confianza me dieron su opinión y su consejo. Los cambios están aplicados. Ha crecido muchísimo, de verdad. He hecho todas las revisiones que tenía que hacer. He corregido todo lo que había que corregir. El texto es redondo y, aun así, me resisto a fijar este oscuro final.

¿Por qué?

Tal vez porque intuyo que este oscuro final es realmente un final con todo lo que eso implica. Que después de este oscuro final no habrá nada. Que no habrá ningún foco que se encienda para iluminar un escenario. Ninguna actriz que pronuncie las tres palabras con las que arranca la obra. Que el destino de este texto, como el de tantos otros, será permanecer inerte hasta que el papel de la última impresión amarillee y se deshaga en pedacitos o hasta que un nuevo cataclismo acabe con los servidores que Google mantiene derritiendo el ártico y desaparezca definitivamente de mi Drive.

Vale. Igual exagero con lo del fin del mundo, pero igual sigue siendo un drama.

Porque una obra de teatro no se acaba cuando escribes el oscuro final. Porque cuando escribes el oscuro final, la obra ni siquiera ha empezado. Porque un texto teatral sólo son un puñado de palabras juntas en la pantalla del ordenador hasta que cobran vida en un escenario y eso es tan difícil. Tanto. Sobre todo, cuando eres independiente -independiente de una compañía de teatro o, lo que es lo mismo, cuando no posees una compañía de teatro-.

Pero es normal.

Con lo difícil que es estrenar sea lo que sea en estos tiempos, como para jugárselas con oscuros finales. Son más rentables los poetas muertos o los que dan risa. Como mínimo, son más fáciles de programar para los responsables de los teatros y aquí el objetivo es que nos programen, que hasta la fecha no existe ninguna otra manera de ganar dinero para una compañía de teatro y sin dinero, no hay manera de pagar profesionales que le den vida a ningún final, sea oscuro o luminoso.

¿Cómo romper esas defensas entonces? ¿Cómo evitar el destino implacable que acecha a tantos textos? ¿Cómo conseguir que esas letras sean algo más que un puñado de palabras juntitas en la pantalla del ordenador? ¿Sirve de algo maquillar el drama publicándolas en una bonita edición? ¿Conocemos a muchas personas a las que le haya ayudado ganar un concurso? ¿Cómo convencer a quienes hay que convencer de que, si la última vez no fue nada mal, esta va a ir mucho mejor? ¿Cómo evitar el oscuro final de este oscuro final?

Necesitamos valientes. En todos los sentidos. Empezando por mí.

Por eso, mientras miro como parpadea el cursor al final de mi oscuro final -con punto, que eso ya está decidido- intento reunir el valor necesario para convencer a cualquiera que quiera arriesgarse de que merece la pena apostar por un oscuro final, para que este oscuro final no tenga un oscuro final.