Palabras vivas para la escena

Palabras vivas para la escena

Por Alba Saura-Clares


Algo que siempre me sorprende -y no sé por qué, si es una pregunta habitual para toda dramaturga o dramaturgo cuando se estrena un texto dramático suyo- es si me imaginaba así el montaje, si la compañía ha sido fiel a mis deseos, si estoy contenta con aquello que ha ocurrido en la escenificación. Si han sido fieles a mis palabras.

Esta pregunta siempre me pilla desprevenida, me sorprendo, sonrío, se me abren los ojos, se me escapa una risa, sin querer, ante esa posibilidad, ante la posibilidad ya no solo de que me parezca bien o mal, sino de que mi opinión sea realmente importante. Yo puedo expresar mi gusto o disgusto, no cabe duda, pero como cuando hablo con mi amiga Ana sobre si está más rico el vino tinto o el blanco, y por más que ella lo intenta no puede convencerme de que el blanco está mejor si a mí me gusta el tinto. Porque realmente me pregunto, ¿tiene mayor valor mi opinión -privilegiada, sí; más conocedora, es evidente; implicada afectivamente, no cabe duda, pero subjetiva, al fin y al cabo- que la de cualquier otra persona que esa noche asista al teatro?

Cuando escribo un texto dramático lo primero que me acompaña es una obsesión, una idea que me desvela, un deseo por contar aquello que me compromete con la realidad y las oscuridades de este tiempo, abrazando con mi cuerpo los caminos de los personajes. Junto a ellos busco responder a las preocupaciones que hacen que me falte el aire, en busca de un teatro que nos permita soñar otros mundos posibles. De la idea, aún sin forma ni recorrido, van surgiendo las imágenes, brotan sus potencialidades teatrales, siento a las escenas vibrar, moverse, hallar su espacialidad, iluminarse en cenital o en contra y percibo cómo las palabras buscan comprometerse con la idea y alcanzar su oralidad -no sé cómo definirlo mejor, pero las palabras me recuerdan constantemente que son escritas para ser dichas, aunque a veces sean artificiosas o poéticas, incluso aunque nazcan dentro de un verso y muy alejadas de lo cotidiano, necesitan sentir que son capaces de brillar siendo dichas, pues sueñan volverse cuerpo y ser escenificadas-. Todo ello que surge escribiendo y desborda la escritura no implica, sin embargo, que yo busque que deba realizarse de una forma escénica unívoca; por el contrario, son palabras juguetonas que quieren probarse de múltiples formas según quien las lleve a cabo -soñadoras son, ellas, de la maravillosa posibilidad de pasar por muchas manos, a las que provocarán de formas disímiles en su sentido estético y político-.

Por eso, yo concibo la escritura teatral en un acto comunitario. Eso es lo que más me motiva, lo que más me atrae. Si no fuera así, yo que tanto amo escribir, me lanzaría al goce de concebir una novela extensa, extensísima, pero ese placer solitario no parece ser mi sitio. En la escritura teatral encuentro un arte que ensalza lo vital, que explota en la adrenalina del instante, en la continua sensación de que en el aquí y ahora todo pende de un hilo, de crear en un inquietante y maravilloso equilibrio que, quizás por ello, solo puede aguantarse en colectivo.

Al adentrarme en un nuevo texto dramático lo hago pensando en el proyecto artístico en el que se inscribirá, provocando a unas palabras que emergen pegadas al hacer y a la necesidad del colectivo por llevarlas a cabo. Las escribo ansiosa por soltarlas y liberarlas lo antes posibles del papel para verlas alcanzar su máxima expresión: aquella que está fuera de la hoja escrita,

que está en los cuerpos,

en muchas otras manos,

en las voces,

en cómo provocan para su escenificación,

a qué suenan,

cómo se iluminan,

qué escenografía las acompaña,

en qué contexto se producen,

en qué lugar se representan,

qué sentidos cobrarán en el público.

Quiero que las palabras sean libres y me sorprendan, que encuentren en el diálogo con los otros lenguajes nuevas formas y significados, que se sientan incómodas a veces, que no se reconozcan a sí mismas, que hallen nuevos valores y relecturas, que disfruten y se diviertan, que se lo pasen súper bien, que se rían y lloren con otra gente. Que sean felices. Que vivan muchas vidas y que cuando sientan que se acerca su final, que ya nadie más las dirá nunca, respiren tranquilas al pensar que dijeron aquello en lo que creían, por encima de todo, y que así prevalecerán en otros cuerpos -el del público-, si con ellas se consiguió hacer vivir (reír, llorar, erizarse, rabiar, gritar, respirar). Entonces sentirán que habrá valido la pena y descansarán tranquilas pensando que quizás llegue otro momento, otras escenificaciones donde cobrar sentido, y que aún les falta lo más hermoso todavía.