Pensar en el teatro para comprender mi teatro

Pensar en el teatro para comprender mi teatro

Pensar en el teatro para comprender mi teatro.

Por Fulgencio M. Lax


El teatro, los teatros, las miles y miles de formas en las que el teatro se convierte en una expresión viva del individuo y de la sociedad, recorren la historia haciéndonos pensar que somos originales y, con tan solo fijarnos un poco, nos damos cuenta de que apenas somos una fotocopia de un pensamiento empapado en alguno de los charcos de la orilla de una carretera.

A lo largo de la historia, sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, lo dramático fue acercándose a lo narrativo, buscando subterfugios para trampear el tiempo y el espacio de la acción dramática. La novela lo hizo de la mano de Cervantes y, el teatro, de la mano de dramaturgos como Lope, Calderón, Tirso, Shakespeare, Marlow, Molière como puntas de lanza de una necesidad estética a la hora de enfrentarse y abarcar el universo que les rodeaba. Con el Bardo y Calderón aprendimos a construir el alma de los personajes desde dentro, con Lope y Tirso a que la acción fuera dinámica, rápida y con un especial volumen en la construcción, algo a lo que también podemos sumar a Molière. Luego vino el siglo XVIII y el siglo XIX y solo la dramaturgia de finales de este último despierta algo mi interés, sobre todo los realistas que se sitúan a caballo con el siglo XX: Ibsen, Chejov y Strindberg. Con ellos aparece, como protagonista, el hecho propio contemporáneo del que nos dan noticia, no a través de la acción sino de los personajes. Este cambio será muy importante para la dramaturgia posterior y, por supuesto, hoy, para la mía. Pero será Chejov el que pincele un impresionismo en la escena, sobre todo en la acción y en el espacio y, en el tiempo, dará un salto tan grande que sólo podemos encontrar un parangón igual en Samuel Beckett. El tiempo se va a convertir en un personaje determinante a la hora de construir la acción pero también los personajes. Ha nacido el teatro moderno y aún hoy, después de Brecht, de Müller y de todo lo que ha supuesto el teatro postdramático, no ha sido superado conceptualmente.

¿Dónde sitúo mi teatro? ¿Dónde encuentro los referentes que articulan mi universo dramático? En primer lugar tengo que decir que mi teatro ha recorrido muchas fases desde que comencé a escribir y que las referencias más inmediatas que han recorrido transversalmente toda mi dramaturgia no sólo se encuentran en el ámbito teatral. Seguro que hay referencias muy evidentes y otras que quedan ocultas y que se filtran a través de las sensaciones. Reconozco como evidentes a Goya, Beckett y Kantor. En una segunda instancia se deja asomar Chejov y, de alguna manera, me he visto influenciado por el argentino Arístides Vargas y la estética de La Zaranda. En una tercera instancia, oculta, residente donde se guardan todos los secretos, está El Quijote, Rayuela, Doctor Fausto, Kafka (todo), el primer Murakami (y el segundo también), Richard Corven, Paul Auster. Los poetas Petrarca, Dante, Quevedo, Novalis, Hördeling, Leopardi, Kavafis, el Lorca de Poeta en Nueva York, Los Panero, José Hierro. También Picasso, Antonio López, Eduardo Kingman, Guayasamin, Barceló. No soy un gran gran consumidor de música pero soy recurrente a Bach, Bethooven, Los Rollings, The Doors, Iron Madem y otras voces que me apasionan pero que no sitúo biográficamente. Y luego estoy yo y mi experiencia vital, que como en todo artista, es la que más influye. La forma de ver el mundo y la de percibirlo es un condicionante inexcusable a la hora de mirar de frente y con sinceridad la forma y el contenido expresado.

Hasta aquí la parte literaria. Las siguientes palabras son las que reflejan la verdadera realidad.

¡Cómo me gustaría recordar la primera obra de teatro que vi, igual que me gustaría recordar el primer poema que leí fuera del aula! ¡Cómo me gustaría guardar y volver a leer aquellos primeros versos con los que me atreví, o ese primer relato! Cómo me gustaría porque ahí es dónde está el germen de mis errores.

Un día escribí una obra de teatro. Al terminarla estaba totalmente satisfecho del trabajo que había realizado y la dejé dormir unos días en el cajón de mi escritorio pero, al releerla, vi que estaba llena de imperfecciones y de errores. Lo achaqué a mi inexperiencia y estaba seguro de que, a base de insistir y de trabajar, podría corregirlos. Entonces escribí otra y, al finalizarla, me ocurrió lo mismo que con la anterior, me sentía satisfecho pero también, al releerla, vi que era imperfecta y estaba llena de errores, distintos errores pero seguían siendo errores muy graves.  Entonces escribí otra y otra y otra y otra. Hoy, después de casi cincuenta intentos sólo puedo hablar de imperfección y de errores, a cuál de ellos más profundo.

Siempre defendí que el teatro, el arte en general, es la mejor herramienta para que el hombre se reconozca en la historia. También estoy seguro de que es el mejor alimento que puede tener el alma para hacer que todos seamos un poco mejores. Pero no he podido aportar nada a este fin porque en cada una de mis obras he caminado por lugares equivocados. No he alcanzado ese espacio dramático necesario en el que el hombre y la mujer se vean reflejados. Así lo siento hoy, después de haber caminado página tras página. Ni tan siquiera me he acercado a las inmediaciones del alma. Ni una sonrisa, ni un minuto de serenidad, ni un soplo de aire fresco. Sólo he podido dibujar dolor y angustia y, quizá por eso, mis personajes están tan ansiosos por guardar silencio.